“Todo bien”: la crisis de salud mental juvenil que no siempre se nota en casa

 En 2025, el informe Global Mind Health de Sapien Labs, basado en más de 2.5 millones de encuestas en 80+ países, reveló que 4 de cada 10 jóvenes peruanos de 18 a 24 años presentan niveles de salud mental “angustiantes” o “con dificultades”. No se trata de un grupo pequeño: es casi la mitad de una generación que debería estar entrando a la vida adulta con cierta estabilidad.

Algo similar se observa en datos nacionales: según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES 2022), el 32,3% de jóvenes de 15 a 29 años en Perú reportó haber tenido algún problema de salud mental o emocional en los últimos 12 meses. Es decir, uno de cada tres.

Sin embargo, en muchas casas el día a día no parece tan alarmante: los adolescentes siguen yendo al colegio o la universidad, se conectan con amigos, publican en redes y responden “todo bien” cuando alguien pregunta.

La pregunta es: ¿qué tan bien está realmente un joven que crece en este contexto?

La otra cara de las cifras: jóvenes que parecen estar bien, pero no lo están

Los propios organismos internacionales insisten en que estos números no son anecdóticos. La Organización Mundial de la Salud estima que 1 de cada 7 adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental, principalmente depresión y ansiedad, y que gran parte de estos casos no recibe diagnóstico ni tratamiento oportunos.

En el caso peruano, los análisis sobre juventud y salud mental señalan que, además de la prevalencia de síntomas, existe un problema serio de subregistro y baja búsqueda de ayuda: una campaña informativa reciente que cruzó datos de ENDES y del Instituto Nacional de Salud Mental recordaba que alrededor del 80% de los jóvenes que tienen malestar emocional no llega a recibir apoyo profesional a tiempo.

Esto significa que muchos adolescentes:

  • Siguen asistiendo a clases, pero con un nivel alto de agotamiento o desmotivación.
  • Se muestran funcionales en redes, pero se sienten solos o desconectados por dentro.
  • Mantienen la respuesta automática de “todo bien”, mientras lidian con miedo, tristeza o ansiedad que no saben nombrar.

Las señales que vemos en casa (aislamiento, irritabilidad, cambios en el sueño, pérdida de interés) no siempre se leen como indicadores de malestar emocional. Muchas veces se interpretan solo como “cosas de la adolescencia”.

Una generación que nunca conoció un mundo sin pantallas

A esto se suma un rasgo generacional clave: los adolescentes y preadolescentes actuales nunca conocieron un mundo sin pantallas.

Diversos trabajos sobre Generación Alfa indican que esta cohorte (nacidos desde 2010) ha estado expuesta desde muy temprano a:

  • Contenidos de video muy breves y altamente estimulantes.
  • Notificaciones constantes y sistemas de recompensa inmediata en apps y juegos.
  • Múltiples dispositivos en paralelo (televisión, tablet, celular).

Revisiones recientes sobre infancia y mundo digital señalan que el exceso de estímulos y el uso intensivo de pantallas se asocian con dificultades crecientes para sostener la atención, regular la impulsividad y tolerar la espera. No significa que cada niño que usa tecnología vaya a tener un trastorno, pero sí que su sistema nervioso se ha ido acostumbrando a un nivel de activación constante.

Por eso, cuando un padre le pide hoy a su hijo que:

  • se siente a conversar sin celular
  • espere sin entretenerse con una pantalla
  • escuche con calma una explicación larga

le está pidiendo una habilidad que no viene de fábrica. Es algo que hay que entrenar, y que muchos chicos casi no han practicado.

¿Qué tiene que ver esto con la salud mental?

La literatura científica sobre redes sociales y adolescentes muestra un panorama matizado: no todo uso de pantallas es dañino, pero ciertos patrones sí se relacionan de forma consistente con mayor riesgo emocional.

Revisiones sistemáticas y metaanálisis sobre redes sociales y depresión en adolescentes han encontrado que:

  • No es solo “cantidad de horas”, sino cómo se usan: uso problemático, chequeo compulsivo, comparación social constante y “vivir” la propia autoestima a través de likes son factores que se vinculan con más síntomas depresivos y de ansiedad.
  • El uso intensivo de redes en jóvenes ya vulnerables puede reforzar ideas de insuficiencia, soledad o exclusión, especialmente cuando se compara la propia vida con imágenes idealizadas de otros.

Si cruzamos esto con el contexto peruano —alta proporción de jóvenes con malestar, baja búsqueda de ayuda, mucha vida digital—, aparece un riesgo claro:

  • Un adolescente que ya está mal por dentro puede encontrar en la pantalla un refugio rápido, pero también un lugar donde compara su vida con la de los demás y se siente todavía peor.
  • Un adulto que también está saturado por trabajo, noticias y chats puede no notar a tiempo ese malestar o puede interpretarlo solo como “adicción al celular”.

No se trata de culpar a las pantallas, pero tampoco de ignorar su papel en una generación que afronta una crisis de salud mental.

El papel de madres y padres: presencia antes que perfección

Frente a este escenario, la pregunta no debería ser solo “¿cuántas horas pasa mi hijo en el celular?”, sino también:

  • ¿Cuántos momentos del día siente que tiene mi atención completa, sin que yo esté mirando otra pantalla?
  • ¿Tiene espacios donde puede decir “no estoy bien” sin miedo a ser juzgado o minimizado?

Los estudios de la OMS y otros organismos destacan que el apoyo de adultos significativos es uno de los factores protectores más importantes frente a problemas de salud mental en adolescentes: poder hablar con alguien que escucha, valida y ayuda a buscar recursos reduce el riesgo de que el malestar se cronifique o escale.

Eso no depende de ser un padre perfecto, sino de construir ciertas condiciones en la vida cotidiana.

Un gesto pequeño, pero poderoso: entrenar la presencia en casa

Una forma sencilla de empezar, que trabajamos mucho en Mission Teen Latam, es introducir micro-rituales de presencia. Por ejemplo:

  1. Elegir un momento concreto sin pantallas

    La cena, el desayuno del domingo o el trayecto en carro hacia alguna actividad. El acuerdo es que, durante esos minutos, ningún miembro de la familia usa el celular, incluidos los adultos.

  2. Hacer una pregunta que abra, no que cierre

    En lugar del clásico “¿cómo te fue?”, que suele recibir “bien” por respuesta, puedes probar con:

    • ¿Qué fue lo mejor y lo más difícil de tu día?
    • ¿Hubo algo que te preocupó o te intrigó hoy?
  3. Escuchar sin corregir de inmediato

    La investigación sobre comunicación padres–hijos insiste en que la validación emocional (“tiene sentido que te sientas así”) es un paso clave antes de ofrecer consejos.

    Cuando un adolescente siente que lo toman en serio, es más probable que vuelva a hablar.

Estos gestos no sustituyen a un tratamiento profesional cuando hay un trastorno, pero sí construyen el suelo desde el cual un joven puede animarse a pedir ayuda.

Cómo acompañamos esto en Mission Teen Latam

En Mission Teen Latam trabajamos justo en la intersección de estos tres elementos:

  • Jóvenes que cargan con altos niveles de estrés, ansiedad o tristeza.
  • Una cultura digital que ofrece estímulos constantes pero pocas pausas.
  • Madres y padres que quieren hacerlo bien, pero se sienten cansados, confundidos o culpables.

Mientras las estadísticas hablan de porcentajes y el mundo sigue llenándose de pantallas, en casa la pregunta puede ser mucho más sencilla y poderosa:

Más allá del “todo bien”, ¿cómo te estás sintiendo de verdad estos días?

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