Cuando el miedo al error frena a nuestros hijos
¿Cuántas ideas dejaste morir porque no salieron bien a la primera? De niños, probar y fallar era parte del juego: nos caíamos, nos levantábamos y seguíamos corriendo. De adultos, en cambio, nos enseñaron que equivocarse es vergonzoso, “poco profesional”, algo que hay que ocultar. Esa herida silenciosa se cuela en la crianza. Cuando nuestros hijos fallan en un examen, un proyecto o una audición, muchas veces reaccionamos desde ese miedo antiguo: apuro por corregir, frases duras, comparación con otros, exigencia de “hacerlo perfecto la próxima”. No porque no los queramos, sino porque confundimos “cuidarlos” con “evitarles cualquier tropiezo”. El problema es que, si cada error se vive como una amenaza, los adolescentes dejan de atreverse a intentar. No presentan ideas nuevas, no levantan la mano en clase, no prueban cosas que les ilusionan. Prefieren no arriesgarse antes que enfrentar la posibilidad de “fallar otra vez”. Del error se aprende; del éxito, no tanto Hay una verdad incómod...